Me despierto en medio de la nada. Tumbado boca arriba. Veo una bola roja en un cielo negro. He de suponer que es el Sol a través de las nubes de polvo y ceniza que llenan por completo el cielo. Es un nuevo día en este páramo dantesco de calor y humedad. De ambiente cargado y tormentas. De lejos oigo los truenos a causa del choque de las energías positiva y negativa que surcan el aire. Han pasado tres meses desde el incidente y parece que todo está más relajado. Cada noche sueño con los gritos de la gente, con la agonía y el sufrimiento que ha supuesto el fin de una era. En estos momentos me cambiaría por cualquier cadáver que veo a diario enterrado en una fina manta de ceniza y polvo. es imposible vislumbrar la vida a mi alrededor, porque no existe. Si no fuera por los relámpagos y el viento, todo estaría en calma. No comprendo cómo puedo seguir vivo sin agua, sin comida y a unos 50 o 60 grados de temperatura ambiente. Ni si quiera ha sobrevivido el hombre más fuerte del mundo. No entiendo cómo es posible que después de un infierno, mi cuerpo no se haya corrompido más que por algún par de heridas y manchas de polvo. El sudor es mi compañero de viaje.
No queda nada, ni el más mínimo resto de una civilización, más que cuerpos inertes. Algunos son solo polvo, porque se llevaron la peor parte. Otros simplemente se han momificado en piedra al instante. Los que se han llevado la peor parte son aquellos que se han ido muriendo poco a poco. En una semana murieron la gran mayoría de la población. A las tres semanas ya solo quedaba yo. No le busco lógica a lo sucedido, ni al increíble hecho de que siga con vida y tan campante. Simplemente vivo. Vago por lo que antes era conocido como la Tierra en busca de algo que sea útil. Algo que haya persistido a lo largo de estos meses. O simplemente, en busca de aferrarme al más mínimo halo de esperanza que me permita seguir con vida, aunque si el Apocalipsis no ha podido conmigo, no sé qué podrá.
Tal vez en el infierno estaría más a gusto, o incluso en el purgatorio. Es como un castigo por algo que haya hecho o una prueba para hacer algo. Pero no sé el qué. No logro encajar las piezas de este gran puzzle en el que se ha convertido el mundo. Antes me rompía la cabeza con cosas simples como el trabajo, lavar la ropa, hacer la comida, etc. Pero ahora es algo más simple pero a la vez más complicado. Sé que tengo que hacer algo pero no sé el qué debo hacer. No puedo repoblar la Tierra, soy el último y no hay mujeres. No puedo reconstruir nada, solo hay polvo. No tengo herramientas, no tengo materias primas. Casi no hay ni aire. Ni la más retorcida de las mentes habría podido maquinar tal tortura de vida. Sin embargo no siento el dolor, al menos físico.
Llevo caminando bastante tiempo en línea recta, sin rumbo pero a la vez esperando que haya un destino. Cada vez que me duermo por la noche espero no despertarme nunca, pero siempre acabo abriendo los ojos y viendo que nada ha cambiado. No he llorado pero quiero llorar. No me he derrumbado, pero por mucho que quiera sigo en pie. Debe de haber una fuerza que me empuja a seguir sin pararme, sin mirar atrás. No sé cuantos kilómetros he recorrido. No sé cuántos pasos habré dado. Solo sé que sigo en pie y que debo encontrar lo que quiere que le encuentre. La esperanza de que haya algo es mi motor. La esperanza de que haya alguien como yo es mi corazón. Tal vez, y solo tal vez, logre acabar mi misión y poder descansar.

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