Es una tarde de viernes. Estoy a las puertas del fin de semana pero he decidido no salir de casa y pasarme todo el finde estudiando porque el lunes tengo el examen final de curso y así aprovecho la soledad que me han dejado mis padres al irse de viaje. Si no lo apruebo no podré cursar el año que viene el último curso de mi carrera, Derecho. Estoy bastante nervioso, por ello he decidido este fin de semana de estudio maratoniano. Ha sido un curso difícil y sé que si no apruebo este examen todo habrá sido en vano.
Son las 5 de la tarde y he comenzado a estudiar. Estoy completamente aislado de todo. No tengo operativo el móvil, ni el teléfono fijo. También he desconectado el ordenador para evitarme tentaciones innecesarias que puedan desviar mi atención del estudio. Me encuentro sentado en mi silla regulable, con mi mesa de estudio delante y la teoría que tengo que memorizar dentro de un libro de más de 600 páginas, plagado de leyes y sentencias. Ya lo he leído y dado en clase pero quiero repasarlo a fondo para asegurarme que lo sé y poder aprobar el examen.
Son las 7 de la tarde y mis fuerzas empiezan a fallar. Parece que afuera el mundo no se detiene. Empieza a nublarse y se vuelve oscuro el cielo. Aprovecho para tomarme un par de cafés, recargar energías. Al volver enciendo el flexo porque se ha oscurecido bastante, parece que de un momento a otro el cielo se vaya a venir abajo inundando todo de agua. Tampoco se oye a nadie en la calle, puede que se hayan ido a sus casas o a un lugar cubierto para evitar pillar el aguacero que pueda caer.
Son las 8 de la tarde. Empiezan a caer gotas y está todo más oscuro que nunca. El anochecer se ha adelantado y ha provocado que las luces de la calle se hayan encendido antes de hora. Mi estado anímico empieza a menguar. No tengo prácticamente fuerzas para seguir estudiando así que hago una parada de 5 minutos y me tomo un café y una bebida energética de una famosa marca. Al poco tiempo de tomármela siento como me lleno de energía positiva que me hace aumentar mi ritmo de estudio y a incrementar mi concentración. Ahora entiendo lo que dicen de que te da alas.
Acaban de dar las 10 de la noche y he empezado otra vez a sentir mi desgaste. La lluvia en el mundo exterior cada vez cae con más violencia y se oye de lejos truenos que cada vez se sienten más cerca. Decido hacer una nueva parada para cenar algo. Mi elección para esta noche es hamburguesa con patatas. De paso acompaño la cena con un par de bebidas energéticas más y de postre un café y un plátano. Seguro que a la vuelta al estudio todo va a la velocidad del rayo.
Son las 11 y lo que me desconcentra son precisamente los rayos y centellas que hay ahí afuera. Me he tomado 2 bebidas energéticas más. No sé dónde puede estar el limite. No creo que algo malo me pase si me ha ayudado tanto con el estudio. Me asomo un momento a la ventana y no se ve nada en la calle. El agua no deja ver y el cielo está muy negro.
A las 12 ha ocurrido un contratiempo importante, se ha ido la luz. Esto hace que no pueda seguir estudiando ya que no consigo diferenciar las palabras en mi libro. Durante ésta última hora me he tomado tres bebidas energéticas más. Una oscuridad absoluta me rodea como si nunca hubiera existido la luz y el silencio es tan sepulcral que parece que me haya quedado sordo. Pero cada x tiempo esta calma se rompe con el destello de un relámpago y su posterior sonido. Cada vez son más frecuentes y me sobresaltan más.
Estoy cada vez más inquieto, no he logrado encontrar ni una linterna ni una vela ni nada con que pueda hacer un mínimo de luz. No puedo usar ningún aparato eléctrico que no posea batería. Así que decido encender el móvil. Nada más encenderlo veo que no he reparado en ponerlo a cargar en 2 días seguidos y le queda poca carga. Decido no alumbrar si no es necesario para que me dure más la batería, entonces deposito el teléfono en la mesa y me tumbo en la cama a descansar hasta que vuelva la luz, aunque no va a ser sencillo. Los truenos cada vez son más frecuentes y más fuertes, y la lluvia parece que no desista. Las gotas golpean de forma persistente contra la ventana, parece que quiera entrar el agua dentro de mi cuarto. Si creyera en la biblia pensaría que es el fin del mundo y que se trata de un diluvio universal.
No sé qué hora es, tampoco me importa la hora, pero debe ser lo bastante tarde como para seguir estudiando por lo que decido intentar ponerme el pijama a palpas y meterme en la cama. Cierro los ojos pero no consigo conciliar el sueño. No puedo dormir pensando que afuera parezca que se vaya a acabar el mundo. Pero intento hacer un esfuerzo. de pronto me sobresalta el tono de llamada de mi móvil. Son mis padres, seguramente para saber si estoy bien por la tormenta. Mi intención es coger la llamada pero de pronto mi móvil se apaga. Se le ha acabado la batería. Mis padres pensarán que les he colgado. No importa, mañana por la mañana les llamaré.
El sobresalto del móvil ha hecho que de pronto un nerviosismo invada mi cuerpo, tal vez producido por el exceso de cafeína que he introducido en mi cuerpo y las tantas horas de estudio que he tenido. Noto como un tembleque que empieza en mis manos y se va extendiendo me posee con más ímpetu. Oigo como el viento empuja el agua a mi ventana y hace que ésta vibre tanto que parezca que se vaya a hacer añicos de un momento a otro. Así que para no pensar en la tormenta me dispongo a pensar en otras cosas. Empezaré pensando en fútbol. Mi equipo actualmente va muy bien, menos mal que los ladrones que no trabajaban y encima se llevaban dinero se han largado. Ladrones. Un momento: ¿y si un ladrón aprovecha el apagón y la tormenta para entrar en mi casa? Entonces empiezo a pensar en que en Nueva York cada vez que hay un apagón los ladrones aprovechan para saquear tiendas y supermercados y entrar en las casas para llevarse todo lo que puedan.
Estos pensamientos hacen que mi alerta ascienda y no pueda cerrar mis ojos, que están grandes como platos. Cada sonido de trueno hace que me sobresalte. Cada ráfaga fuerte de viento provoca que me incorpore. Me invade poco a poco el miedo y el terror, que acecha sobre mi como una sombra que poco a poco me va oscureciendo hasta el punto de envolverme por completo, como si me abrazara en sus brazos para asumirme en él. En estos momentos me arrepiento de quedarme solo en casa, no estoy acostumbrado a ello. Sería un buen momento para tener una conversación tranquila con alguien.
De pronto mi corazón da un vuelco. He oído como en la calle una chica grita, como si alguien la estuviera matando. Pero de pronto me tranquilizo, no es más que alguien que estará cruzando la calle y grita porque no se querrá mojar. No puedo evitar tener la paranoia de que algo vaya a pasar. De que alguien vaya a entrar a mi casa, me ate o peor aún, me mate para llevarse todo lo que pueda. Puede entrar por la terraza, por la puerta. Podría torturarme si se tratara de un sádico o de violarme si se tratara de un obseso sexual con tendencia a la violación. Cada vez el miedo y la paranoia está más dentro de mí. Estoy al borde del pánico.
Tras conseguir calmarme un poco y pensar que las probabilidades de que alguien asalte mi casa sean muy remotas, decido volver a acostarme en la cama y disipar mis miedos y preocupaciones con un sueño más que necesario para poder estar fresco por la mañana. Pero la tormenta el siglo estaba al otro lado de la ventana. En estos momentos echo de menos poder tener una persiana.
Algo vuelve a encender mis alarmas. He oído un fuerte ruido en la puerta principal, como un golpe. Doy un salto para salir de la cama. No puede ser que me esté pasando esto. Van a entrar a mi casa. De tanta gente en la ciudad me ha tenido que tocar a mi. No puedo dejar que me encuentre, por lo que decido cubrirme con la manta y esconderme en una esquina, detrás del armario. Oigo como al fin consigue entrar el asaltante a casa y de un golpe cierra la puerta. Parece agresivo. Oigo como da pasos imprecisos y lentos en el recibidor. Parece que es un hombre grande porque sus pasos se escuchan bastante.
Siento por sus pasos como va desde el recibidor al pasillo. Está recorriéndolo. Ahora lleva un paso firma y decidido. No parece detenerse en ningún momento, como si se dirigiera hacia mi habitación, como si supiera que yo estoy aquí. Empiezo a temblar como si fuera el vibrador de un móvil. Un tembleque provocado por el pánico. Siento que voy a morir. Ese hombre va a entrar en mi cuarto y va a pegarme un tiro en la cabeza o a clavarme un cuchillo de carnicero. Mi respiración es bastante agitada y mis latidos van a 1000 por minuto seguro. Ya siento el dolor que voy a pasar y dejo soltar un pequeño alarido de temor y dolor al mismo tiempo. Oigo como se detiene ante la puerta de mi cuarto. Va a entrar, me va a matar. Poco a poco gira el pomo para abrir la puerta. Está claro que me va a matar y lo va a hacer porque seguro que le gusta matar, y más si la persona está arrinconada y apresada. Seguro que espera que esté arrinconado y atemorizado. Pues no pienso morir como un cobarde. Si tengo que morir que sea luchando. Veo que cerca de mi está la papelera de metal. De un salto, con un subidón repentino de adrenalina, agarro la papelera y me pongo en pie delante de la puerta y justo cuando el hombre entra en mi cuarto me desmayo.
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| Imagen extraída de: fondosterror.com.es |

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